El saliente embajador de Colombia ante el Vaticano,
César Mauricio Velásquez, ha cerrado su brillante carrera diplomática con una
entrevista en el diario italiano La
Stampa en la que deja al presidente de Colombia como un grosero que le ha
quedado mal dos veces al Papa. Según el periodista reciclado de diplomático,
Juan Manuel Santos dejó plantado un par de veces a Benedicto XVI al suspender
en sendas ocasiones entrevistas concertadas con antelación.
Y es que el improvisado diplomático, pupilo de
Álvaro Uribe y enredado --como tantos colaboradores de ese ex presidente-- en los
trapicheos de su padrino, lo que hace con esas declaraciones es respirar por la
herida de haberse quedado sin embajada en Roma.
No quería salir de allí y, menos aún, a dar la cara
ante la justicia por sus enredos con la visita de emisarios de los paramilitares
a la Casa de Nariño en sus tiempos de portavoz de prensa de la Presidencia.
Qué mal estilo el de este hombre. En su amargura ha
pretendido desprestigiar a quien, por el cargo de embajador, representaba en el
Vaticano.
Las cancelaciones –o mejor, aplazamientos- de citas
entre jefes de Estado son corrientes por complicaciones de agenda y para eso
están los diplomáticos, para ajustarlas a las necesidades de ambas partes y no
para ventilar las gestiones previas en público.
Estas cosas pasan en la “diplomacia” colombiana gracias a que la cancillería de este país es una cartera poco seria y mantiene las legaciones en el exterior como caja menor del presidente
de turno para pagar favores políticos, premiar amigos o alejar enemigos.
Y seguirán pasando mientras se siga nombrando como
embajadores a periodistas amargados, payasos de la televisión, locutores
deportivos y ganaderos vinculados al paramilitarismo. Uno se pregunta, por
ejemplo, qué ofensa tan grande ha hecho Sudáfrica a Colombia para que hayan
sido embajadores allí Moreno de Caro y Edgar Perea.
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