lunes, 16 de enero de 2012

¿Un alcalde ocurrente en Bogotá?


Vaya por delante que creo que la elección de Gustavo Petro como alcalde de Bogotá tiene una vertiente muy positiva en la vida política colombiana. En un país que ha estigmatizado a la izquierda como sinónimo de asesinos gracias, entre otras cosas, al denodado trabajo de las FARC y a la mentalidad cerril de la burguesía colombiana, el hecho de que llegue por la vía de la elección popular al segundo cargo más alto del país un hombre de izquierda y, además, con pasado guerrillero tiene un mérito tan grande como una catedral.

Sentada esta premisa digamos que el comienzo de Petro como gobernante no es muy esperanzador. Ha salido con unas ocurrencias que me recuerdan a un líder de la izquierda europea que, víctima de su ingenuidad, gobierno desacertado, carácter iluso, izquierdismo pueril y permanencia en babia hubo de salir por la puerta de atrás del poder. Un verdadero pánfilo. Me refiero a José Luis Rodríguez Zapatero.

Y es que lo de Zapatero eran ocurrencias en lugar actos de gobierno.  Aquí de paso algunas perlas: antes de llegar al poder no se levantó ante el paso de la bandera norteamericana en un desfile militar para protestar contra Bush; luego, ya en el poder, tuvo que soportar el desprecio de presidente norteamericano cada vez que se encontraban en una cumbre. Nombró ministra de Defensa a una señora embarazada con barriga de ocho meses para hacer gala de la manera más enrevesada que se le ocurrió de su militancia feminista. Creó un ilusorio ministerio de Igualdad, que es como crear un Ministerio del Amor o la Bondad. ¡Y a qué tareas se dedicó del ministerio de marras! La ministra del ramo de Igualdad destinó dinero a labores tan útiles como hacer un mapa del clítoris de las españolas. En otro ministerio, en el llamado de Exteriores y Cooperación, destinaron una partida del presupuesto para proteger a las lesbianas de Zimbabue. Otro de los logros inolvidables de su gobierno fue el de la legalización del matrimonio unisex. Destinó dinero público a una tontería cósmica llamada  Alianza de Civilizaciones, con la que pretendía llevar al redil de los buenos modales a los muchachos de alqaeda, talibanes y demás ralea de fanáticos islámicos. Y en fin, que al final de su mandato, cuando había despilfarrado dinero del Estado durante años y España se encontraba al borde del abismo, se retiró por la puerta trasera atribuyendo la deuda pública al gobierno de su antecesor y a la crisis económica mundial.

Pues bien, Gustavo Petro, con su atolondrada y poco clara propuesta de prohibir armas que ya están prohibidas; la polémica levantada dos días antes de la feria taurina de Bogotá sobre los toros, haciendo gala de ignorancia sobre el tema y el nombramiento de un gabinete en el que a privado la paridad de sexos antes que los conocimientos profesionales está haciendo aceleradamente méritos para reemplazar a Zapatero en su record mundial de ocurrencias. ¡Con la cantidad de asuntos prioritarios que hay en Bogotá para ocupar el tiempo de gobierno!

Y es una lástima porque si le va mal a Petro le va mal a todos los bogotanos y, de paso, quedará demostrado que el peligro de la izquierda en el poder no era el de amenazar la integridad física de sus conciudadanos sino el de dejar patente cuál era su máximo nivel de incompetencia.

lunes, 9 de enero de 2012

La historia se repite



Decía el sociólogo Mauro Torres por allá en la década de los años 1970 a propósito de Colombia y de sus gentes:“Hoy vivimos de asombro en asombro, boquiabiertos, divisando marea tras marea, en este piélago de desastres: ¿Será posible un año peor?, nos preguntamos alelados, ¿será posible un gobierno más inútil y nefasto?, nos decimos, ¿será posible? Y todos sabemos, allá en el misterioso telar de nuestro cerebro que cuanto vendrá será peor indudablemente…” Y en esas seguimos. ¡Qué tal que Torres hubiese visto en una bola de cristal lo que fueron los siguientes treinta años en Colombia!

Empieza un nuevo año y vemos como la historia se repite: nada más comenzar 2012, un “paro armado” de los paramilitares en protesta por la muerte de uno de sus cabecillas ha logrado, sin disparar un solo tiro, paralizar ciudades y pueblos a lo largo de la costa atlántica colombiana, incluida entre estas ciudades una capital de departamento, Santa Marta.

Al terror impuesto por Pablo Escobar, los años 1980, siguió el del cartel de Cali, a éste el cartel del Norte del Valle y luego los paramilitares. Álvaro Uribe engatusó a los colombianos haciéndoles creer que la seguridad democrática había puesto final al conflicto y que los paramilitares habían sido metidos en cintura, que las AUC se había desmovilizado y hoy lo que vemos es que todo aquello fue una gran farsa. Los delincuentes comandados por Mancuso, Castaño, Jorge 40, Don Berna, etc., participaron en una pantomima de impunidad que, bajo la cobertura de la Ley de Justicia y Paz, los deja ungidos de inocencia y dispuestos a delinquir bajo una nueva máscara.

Ahora se llaman bacrim pero siguen siendo los paramilitares de los tiempos de Uribe con el agravante que ya no tienen un mando unificado y cada una de las bandas actúa como rueda suelta. Nos esperan años de lucha entre Rastrojos, Paisas, Urabeños, etc. por rutas de narcotráfico, y de muertes de ciudadanos inocentes que se resistan a la extorsión. ¡Y ahora Uribe, que hasta recibió paras en la Casa de Nari pide a Santos que los bombardeé!

La raíz de este mal es la droga, la cocaína, que los colombianos recibieron complacientes en su territorio. “Esta platica –decían en los años 70—le viene muy bien al país. El problema es de los gringos que son unos viciosos”. ¿Y hoy quién le pone el cascabel al gato? ¿Quién erradica esta fuente de todos estos males del país? Pueden matar, detener o extraditar a los jefes de las bacrim, ya aparecerán otros. El fenómeno lo venimos viendo desde hace ya tres décadas.

El gobierno puede seguir lanzando las campanas al viento con el crecimiento del país al 7,5 por ciento. En Colombia el principal bien de los seres humanos, la vida, seguirá valiendo muy poquito. Y es que, volviendo al sociólogo Mauro Torres, “…en la psicología de los pueblos hasta el sufrimiento alcanza enigmáticos atractivos aberrantes”.



domingo, 8 de enero de 2012

Una pandemia colombiana



 Una pandemia colombiana --la de los nombres raros, absurdos u ofensivos—traspasa las fronteras. El Instituto Nacional de Estadística  español ha puesto a disposición del público una página en donde la gente puede comprobar cuántos tocayos tiene.
La página en cuestión permite ver las tendencias de nombres y edad aproximada de las personas que los llevan. En un país como España, que fue muy católico –aunque hoy una mayoría posa de agnóstica y atea—es curioso ver las tendencias y modas de ciertos nombre de origen religioso. Las Edurnes están en el País Vasco; las Montserrats, en Cataluña; las Rocíos, en Andalucía y así. Pues bien, la presencia de colombianos en la península Ibérica, por lo que puede verse en esta página permite comprobar que la fea costumbre de poner nombres ridículos a los niños ha traspasado fronteras y ya hay empadronados en el territorio español y con nacionalidad de ese país 120 cristianos que se llaman John Freddy.
Qué loable sería que alguna autoridad pertinente en Colombia pusiese freno a esta costumbre absurda y subdesarrollada. Los padres ignorantes de estas criaturas no saben el daño tan grande que hacen a sus hijos marcándolos de por vida con apelativos tan risibles como Laisa Minely Pérez, John Freddy González, William Guillermo Jaramillo y otras lindezas.
Esta costumbre es tan bárbara y detestable como la de esos pobres negros a los que su padres han marcado con unos cuantos cortes tribales en la mejilla y que uno encuentra paseando por las calles de París o de Londres. Por más que vistan trajes Armani, calzados Ferragamo y lleven en la pulsera un Cartier van  gritando que en una perdida aldea africano, unos padres semidesnudos y medio salvajes procedieron a cortar las mejillas del negrito recién nacido para que pregonase su origen a los cuatro vientos donde quiera que fuese de allí en adelante.