jueves, 23 de febrero de 2012

La patria ofendida tiene defensores



El noticiero de televisión colombiana CM& tiene una sección llamada “1,2,3” en el que su director Yamid Amat suele emitir pequeños editoriales y dar a conocer confidenciales leídos por dos actrices y una locutora quienes, antes de hablar, nos muestran sus deditos. En su emisión del 22 de febrero, Yamid se hizo solidario con la patria ofendida por un australiano, mediante una de sus actrices orgullosamente ornada con una cruz de ceniza en la frente. Hagamos un pequeño análisis de esta pieza del periodismo patrio.

Según se desprende del confidencial, Michael Laurent Cullen, presidente en Colombia de una multinacional de seguridad, insultó, en las instalaciones de un club bogotano, a Colombia y a los colombianos. Don Michael, por lo visto, llamó al país  “Nación de m…, con una sociedad narcotraficante y con un club de hampones y ladrones como este”.

Bueno, “nación de m” no nos permite más que una especulación. Podría ser Nación de mamá. En este caso podría tratarse de una expresión debida al deficiente conocimiento del idioma por parte del señor Larent quien, contagiado ya por el amor de los colombianos al vallenato quizá quiso cantar aquella estrofa tan bonita que dice: “bendición de mamá, bendición de papá”.

Pero puestos a especular con la letra eme, consultando el diccionario de nuestra lengua,  nos daría para mucho; ahora bien, si don Michael lo que verdaderamente dijo fue mierda, pues no es para tanto. No hay país que se libre de esta miseria de la condición humana por lo que en sentido estricto todos los países son naciones de mierda.

Con respecto a la segunda expresión –sociedad narcotraficante- podríamos decir que se trata de una generalización explicable. Cuando hablamos de España pensamos en toreros, cuando hablamos de Arabia Saudí en multimillonarios, cuando hablamos de Australia, pensamos en canguros. Y en ese orden de ideas cuando en el extranjero se habla de Colombia piensan en narcotraficantes. Es cierto que no todos los españoles son toreros, ni todos los saudíes multimillonarios, ni todos los australianos son canguros, ni todos los colombianos narcos. Pero es más fácil encontrar toreros en España que en Arabia Saudí, canguros en Australia que en Colombia y, consecuentemente, narcotraficantes en Colombia que en España, en Arabia Saudí o en Australia.

En cuanto a la última expresión –club de hampones  y ladrones como éste- quizá lo que don Michael quiso decir fue “un club de arcones y lambones” refiriéndose a las arcas y baúles que adornan el club y a los  lagartos que suelen pasearse por los pasillos de los clubes sociales capitalinos.

Y a propósito de lambones el texto de don Yamid no tiene desperdicio. Empieza informándonos que un “consagrado abogado” asumió la defensa de una señora ofendida en lo más profundo del amor patrio. Acto seguido, nos puso al tanto de que el letrado en cuestión “salió hoy de la clínica, en la que fue sometido a una delicada intervención quirúrgica que terminó bien”, para terminar con esta perla de cursilería en boca de la cenicienta crucificada: “Gracias, Jaime, por defender el nombre de nuestro país y nuestras mujeres”.

Ahora, lectores amigos, entonen conmigo: Oh, gloria inmarcesible, o júbilo inmortal, en surcos de dolores el bien germina ya. Tachán, tachán, tachán.

jueves, 16 de febrero de 2012

¿Habrá una seguridad que no sea democrática?


Por cuenta de Álvaro Uribe la política colombiana vive alterada hace años. Este hombre dejó el poder a regañadientes después de haber reformado la Constitución a su antojo y cuando pretendía meterle mano nuevamente a la Carta Magna para perpetuarse en el cargo. Y todo porque su gran caballo de batalla fue la llamada política de Seguridad Democrática, dos palabritas repetidas ad nauseam durante sus ocho años de gobierno y que se empeña en invocar como un mantra cansino incluso ahora que lleva ya más de un año fuera del Palacio de Nariño.
Para los uribistas, que cada vez son un número menor, la cantinela de su líder evoca lucha contra la guerrilla y consecuentemente eliminación física de líderes guerrilleros en primer lugar, poder viajar por carretera a sus fincas (aquellos que poseen tal cosa, claro) y disminución de los índices de secuestro, que en Colombia eran de los más altos del mundo. ¿Se me quedará algo en el tintero cuando hablo de la Seguridad Democrática tan cacareada por Álvaro Uribe?
Disminución del paramilitarismo no porque sigue a sus anchas ahora bajo el nombre de Bandas Emergentes. Disminución de la corrupción tampoco porque el gobierno de Uribe fue precisamente uno de los más corruptos de los últimos tiempos, disminución del problema de la droga tampoco porque el negocio sigue viento en popa.
Ahora Uribe y sus escuderos acusan al gobierno de Juan Manuel Santos de traición a sus principios y de haber abandonado la política de Seguridad Democrática. En realidad respiran por la herida de tres ministerios en manos de políticos críticos con el gobierno de Uribe. A eso se reduce la pataleta del ex presidente y los suyos en los últimos tiempos. Y a protestar porque Santos no interfiere en el poder Judicial para impedir que se investiguen los desafueros del gobierno pasado; pero eso, deberían saberlo, es inconstitucional.
¿En qué nos queda, pues, la aburrida cantinela de la Seguridad Democrática? En la repetición exasperante de una perogrullada de la que nadie se detiene a pensar qué significa verdaderamente. Toda seguridad es democrática. De los gobiernos totalitarios, sean del signo que fueren, no se puede esperar seguridad, es así de simple. Y cuando los ciudadanos emiten su voto para avalar un gobierno están autorizando, además, el ejercicio del poder y el manejo de las armas del Estado para que los defiendan y les den seguridad que por eso mismo se entiende que es democrática.
¿Por qué continuar, pues, exasperando a los colombianos en nombre de algo que es evidente que todo mundo quiere y pretende?  Es como si la gente tuviera que vivir en una bronca continua porque a un presidente le dio por gobernar en nombre de la Caridad Virtuosa, del Helado Polo Norte o del Café Amargo. Qué debate tan inútil, qué desperdicio de energías.

sábado, 11 de febrero de 2012

Aislamiento paisa


Después de leer un comentario en Twiter sobre el periódico El Colombiano de Medellín me quedó la duda. ¿Será cierto que, como decía el trino, el periódico más tradicional e importante de la segunda ciudad colombiana no tenga información internacional? La cosa en principio me parecía una exageración pero cuál no sería mi sorpresa, después de buscar un ejemplar del día en una farmacia del centro de la ciudad, al comprobar que era verdad.

La impresión con el nuevo formato es buena. Se trata del cómodo formato tabloide que tanto se usa en Europa, además las páginas vienen grapadas cosa que impide que el periódico se desarme y hace más fácil su manejo. El diseño también es agradable. Pero ya en la primera página se anuncia la carencia que anuncia el twitero. Debajo de la mancheta aparece el siguiente sumario: Tema del día 2/ Actualidad 4/ Metro 13/ Economía 21/ Opinión 26/ Deportes 31/ Juegos y retos 44/ Tendencias 47. Efectivamente, El Colombiano no tiene sección Internacional como todos los grandes periódicos del mundo.

Los dueños y directivos del periódico paisa consideran innecesario informar a sus lectores de lo que pasa en el mundo. Las infamias del sátrapa sirio que masacra a su pueblo no les interesan; tampoco la reforma laboral en España que puede afectar a miles de familias colombianas; ni el frío que congela a los europeos; ni el último pulso entre griegos y comunitarios que sigue teniendo al euro al borde del abismo; no hay una sola mención a Estados Unidos o la Unión Europea. Aparecen en la sección de Actualidad una serie de sueltos como para salir del paso, una página dedicada a la condena del juez Baltazar Garzón y dos noticias destacadas de América, una sobre Brasil y otra que viene de Cuba más que nada por lo que tiene que ver con Colombia.
Lo significativo es que no exista la sección de Internacional como en todos los periódico serios del mundo. Esto me parece muy en la línea de la prensa colombiana en general a la que poco importa lo que pasa más allá de su fronteras. Una mentalidad cerrada al mundo, endogámica, ombliguista muy típica de este país y, particularmente, de los antioqueños.