La
destitución del alcalde de Bogotá, Gustavo Petro, deja al descubierto la
tentación dictartorial del Procurador General de la República, Alejandro
Ordóñez, y deja al descubierto más cosas. Petro resultó un mal alcalde --precedido
por otro que resultó un ladrón-- pero que ahora nos encontremos con que una
entidad como la Procuraduría que investiga, instruye y falla sin otra instancia
de apleación que ella misma, es algo tercermundista que no es de extrañar que
llame la antención de organismos y entidades internacionales. Y sólo ahora se
vienen a dar cuenta los colombianos de la clase de organismos por los que se
regulan. Para más inri, el fallo del Procurador pende como una espada de
Damocles sobre la Navidad de los bogotanos con los llamamientos que hace
Petro, en plan de víctima propiciatoria, para que vengan en su apoyo los
desheredados de la tierra. Particularmente preocupante ese llamamiento a que
vengan a la capital los indígenas, la minga, los cabildos, las etnias y todas las razas ancestrales de la patria; es uno
más de sus disparates inspirados por la soberbia de sus discursos
veintejulieros. Parece que no supiera el alcalde el potencial explosivo que incuba años de abandono e incuria estatal en estas gentes que nada tienen que ver con los problemas de la capital…, o quizá lo sabe muy bien y por eso los llama en su auxilio.
Pero en un país
con tan mala memoria como Colombia, una situación como esta viene al pelo para
recordar que estamos ante una herencia más de una nefasta Constitución, la de 1991, impulsada y tutelada por el
narcotráfico. Porque las facultares del Procurador -–no hay que olvidarlo-- vienen
de allí; como el nefasto y corrupto Consejo Superior de la Judicatura, como la
inútil y clientelista Comisión Nacional de Televisión, como las ineficientes y
costosas Corporaciones Autónomas Regionales y como tantas cosas más. Un país
que toca su Carta Magna para dar gusto a los narcotraficantes que no querían
ser extraditados a Estados Unidos --que era eso de lo que se trataba-- debe
pagar sus consecuencias durante varias generaciones. Una vergüenza que un
funcionario tenga en sus manos la facultad de destituir a quien ha sido elegido
por voto popular --y más un cavernícola como este Procurador--, pero una lástima
que la soberbia del alcalde Petro, lo haya llevado a esta situación. Lástima
porque su gestión ha desacreditado más aún a la izquierda en un país en donde
esa opción política está estigmatizada, cosa nada buena y menos en este momento.
Y preocupante la deriva belicosa, incendiaria y de martirologio de Petro
llamando a confluir en las calles de la ciudad a quienes quieran apoyarlo.
Mientras el fallo se hace firme, porque no tiene vuelta de hoja, a Bogotá le
espera un mes de pesadilla. Otra amarga Navidad quizá peor que la del año
pasado, que estuvo envuelta en basura. Ésta, de momento, está envuelta en
incertidumbre y esperemos que no en desasosiego o, peor aún, en tragedia.