lunes, 3 de noviembre de 2014

Carlos y Camila en Colombia

Lamento mucho no haber podido asistir ni a la recepción en la embajada británica ni a ninguno de los demás actos previstos para homenajear a Carlos y Camila por causas de fuerza mayor. Me caí ensayando ante el espejo de cuerpo entero la inclinación para el besamanos que se recomendaba en una de las diversas invitaciones que recibí y al irme de bruces contra el cristal, este se hizo añicos dejando en mi cara laceraciones de diversa consideración. En la rodilla que debía doblar, que ahora no sé muy bien si era la izquierda o la derecha --pero viniendo las instrucciones de parte de María Ángela no me extraña que me indicaran la que no era--, se me partió la rótula y esto, siendo grave, es lo de menos. Cómo voy yo a salir a la calle con esta cara si es que quedé parecida a Valencia Cossio. Tengo que llamar urgente a Amparo Grisales para que me dé el teléfono de su plástico de cabecera porque el mío ya no me gusta, es el mismo de Renée Zellweger y en la última transformación que me hizo me dejó igualita a Ivonne Nicholls. Claro que la cosa tuvo su ventaja porque así pude entrar a todos los coctéles que dieron en Bogotá sin ser invitada durante varios meses pero me delató un camarero que le dijo al anfitrión: “Vea don Juampa, doña Ivonne está como muy rara, le he pasado tres veces la bandeja y solo ha bebido jugo de naranja, y mire la hora que es y no se ha dormido”. ¡Tan bobo! Es que no sabía que yo soy íntima de Tutina y a esa fiesta sí estaba invitada; pero pasé un mal rato aclarando que no era ningún hacker ni un espía del general Forero  que recolectaba datos para pasar a Uribe. En fin, como no hay mal que por bien no venga, ahora tendré que cambiar de nuevo de cara y ya veré qué modelo escojo. Lo único que lamento es no haber podido llegar con la de Ivonne hasta Halloween.
Pero volvamos a la visita de Carlos y Camila, que es de lo que les quería hablar. ¡Qué oso! Antes de la llegada, la embarró María Isabel Rueda en El Tiempo con una carta abierta en la que llamaba a la pareja “majestades”. Empezó mal porque son solo “altezas” y ese tratamiento, que habrá llegado vía valija diplomática a la suegra de Camila, la habrá puesto furiosa. La conozco y sé que tiene su genio aunque lo disimula bien. Seguro que ha pensado: “Manda uno a esta parejita a las Indias Occidentales y ya me están queriendo hacer el cajón”. Menos mal que, según mis informantes, Yamid Amat Jr., mientras estuvo sobrio, no los bajó de your highness. Eso parece que estuvo toda la noche your highness por aquí, your highness por allá, mientras un camarero lo vigilaba a prudente distancia  no fuera a ser que le diera por lanzar contra los invitados alguno de los platos Wedgwood de la embajada. Se comportó aunque sus varias entradas al baño dieron que pensar si no andaba flojo del estómago.
Pero uno de los momentos cumbres de la primera noche fue la entrega de una cartera por parte de Mario Hernández a Camila. Al lado de Mario, en el momento mismo de la entrega había una señora a quien no pude identificar bien en las fotografías pero era tal su emoción, que abrió la boca tan desmesuradamente que quedó igualita al diablo de Tasmania. Tanto que la augusta pareja de visitantes habrá pensado por un momento que se encontraban al sur de Australia porque Carlos exclamó al ver la cara de la señora, dirigiéndose a Camila: “Oh, dear, how beautiful specimen of Sarcophilus harrisii”, que es como llaman los ambientalistas a ese animalito que se parece al demonio. El malentendido se aclaró pronto pero Carlos quedó muy molesto por la metedura de pata y, sobre todo, con aquella cartera de piel de serpiente. Para un protector como él de las especies que habitan el planeta aquel presente le resultaba de lo más inadecuado. Pero ya se sabe que a quien no quiere caldo se le dan dos tazas y a Mario Hernández no se le ocurrió otra cosa que enviarle otro bolsito en piel de la misma culebra a Kate Middleton. Así que Carlos, disimulando su disgusto y haciendo honor a su fama de protector de especies en vías de extinción, tuvo una larga charla con Roy Barreras. La augusta pareja se retiró pronto a descansar, pues sabían la dura jornada que les esperaba al día siguiente,  y eso que desconocían en esa hora que el programa incluía un encuentro con Pilar Castaño. Pero, cuando ya salían de la embajada hubo dos incidentes dignos de reseñar, un lagarto autóctono, el presidente de la Federación de Fútbol Colombiano, Luis Bedoya, entregó al príncipe una camiseta de la selección y Carlos, siempre atento a los asuntos de la fauna prestó más atención al bigote del saurio que a la prenda en cuestión. Era la primera vez que veía un ejemplar de esa especie provisto de aquel apéndice peludo. El broche de oro a la primera jornada del príncipe de Gales y su esposa en Bogotá lo puso Sánchez Cristo al llamar a un aparte a Camila para que le diera el teléfono de Pipa Middleton. Hasta tuvo que acudir en auxilio de la señora duquesa Alberto Casas, que ese sí que es un verdadero gentleman inglés con muchas horas de vuelo en clubes bogotanos y sabe cómo hay que comportarse con la aristocracia. Y más desde que es pareja de María Emma.
En la segunda jornada, a Carlos y Camila les tocó asistir a una “feria orgánica y de sotenibilidad”, es decir a un mercado de ficción en cuyos puestos se encontraba el equivalente a los vendedores de cualquier plaza de mercado colombiana, pero a diferencia de las de verdad, sin carteristas ni limosneros. Los encargados de enseñar la mercancía a la ilustre pareja de visitantes iban disfrazados vendedores autóctonos,  pero mi fuente me informó que eran actores de telenovela, con ruanas,  sombrero y alpargatas impecables, así que el heredero y señora no pudieron ver niguas, pulgas ni caspa voladora que son algunos de los elementos que dan autenticidad a nuestros tradicionales  mercados campesinos. Como animales exóticos llevaron al mercadillo de atrezzo unas cuantas ovejas, quizá pensando que sus altezas nunca habían visto una en su vida,  aunque el interés de Carlos se centraba en Juan Valdés y su mula, pero cuando creyó ver a Conchita se dio cuenta de que era Pilar Castaño explicándole cómo se lleva una ruana. “Introduce, your highness, su augusta testa por coronar entre los pliegues de la abertura central y deja caer la prenda sobre el cuerpo con naturalidad, o bien echa uno de los extremos delanteros con aire négligée como hace mi amiga Isabel Presley con sus pañuelos Loewe, pero en su caso con masculina elegancia. La ruana, your highness --no confundir con el poncho de tierras bajas, por favor-- está elaborada con finas hebras de auténtica oveja merina criolla sacrificada con método indoloro por expertos matarifes del altiplano, para que no tenga, your highness, reparos ecológicos. El contraste con su terno confeccionado en Savile Row, que eso se nota a la legua, dará un resultado absolutamente épatant. Papá, que como your highness no se desprende del blazer doppiopetto ni para ir al baño, combina el conjunto permanentemente con un rústico cayado de palosanto y un vaso de blend de malta y cebada de edad nunca inferior a los doce años, lo digo para que sepa bien con quien está hablando.”
A todas estas, apareció en escena una palanquera que, como todo mundo sabe, abundan por las calles de Bogotá. La negra llevaba un reluciente platón de aluminio recién salido de fábrica en la cabeza que despertó la curiosidad de Carlos. El príncipe de Gales se empinó para mirar el contenido y al verlo vacío, comprendió que la gracia de la exhibición consistía en mantener en equilibrio aquella vasija de uso doméstico sobre la cabeza al tiempo que se realizan contoneos de cadera.
El momento estelar del evento fue la degustación de productos autóctonos tales como el chontaduro, el arrechón y el jugo de borojó que  constituyen una verdadera prueba de fuego para la sangre azul por sus propiedades afrodisíacas a la par que laxantes. En trances como estos es donde se nota el temple de carácter, la valentía y el arrojo de la nobleza. “Nunca lo olvidaremos”, parece que dijo Carlos durante su cuarta visita al trono esa noche.
Abandonaron el de Gales y la de Cornualles aquel escenario mercantil de abundantes lagartos y damas encaramadas en stilettos que se quedaron con la venia ensayada y sin poderla estrenar, y se dirigieron hacia destinos diferentes; la duquesa a saludar los caballos de la policía montada y el príncipe a presenciar un partido de rugby entre jugadores traídos de la costa pacífica para la ocasión. La cancha del evento deportivo fue un barrizal en el Gimnasio Moderno bajo un diluvio que ya habría querido Noé para la ocasión. En todo caso, María Ángela, acompañante oficial del príncipe en el partido no dejó escapar la ocasión para hacer notar a su alteza que tanto el Gimnasio Moderno como las casas de los alrededores eran todas estilo Tudor tardío “como podrá ver your highness por la abundancia de ladrillo a la vista, porque para ingleses nosotros los bogotanos”.
En la noche, vino la cena de gala en la que el presidente Juan Manuel Santos, su esposa y la habitual comitiva de lagartos homenajearon a la ilustre pareja de visitantes. A las puertas de Palacio se agolpaban los saurios y batracios más distinguidos de nuestra sociedad, encabezados por Vicky Turbay que instaló a un propio en colchoneta para que le guardara el primer puesto horas antes. Luciendo sus mejores galas para la ocasión se vio desfilar por allí, entre otros, a Pum Pum Espinosa, Noemí Sanín, Christian Toro, José Gabriel Ortiz y Munir Falah sin cuya presencia no puede decirse que haya sarao que se respete en los salones bogotanos.
Al día siguiente tocó visita al resort de las FARC conocido como parque de La Macarena. Santos acompañó descamisado al príncipe que solo se despojó brevemente de la chaqueta de su impecable terno de verano dejando en el lugar uno de los records más curiosos de que se tenga memoria en la selva colombiana, la primera vista de un cachaco londinense vestido de traje y corbata. Despojándose brevemente de la chaqueta Carlos nos descubrió uno de los secretos del buen vestir: que con el blazer cruzado o doppiopetto la corbata se lleva por dentro del pantalón pisada con el cinturón y, para asegurarse que no se desplazará en algún sentido y permanecerá atada a su lugar inamovible como un parlamentario colombiano, además de aquella medida extrema de llevarla atada a la cintura, se debe llevar pisacorbatas.
Ya en la noche del viernes comenzó la etapa final de su visita con viaje nocturno a Cartagena de cuya llegada no puedo evitar reproducir el comienzo de la crónica del periódico local, El Universal. Escribió el diario cartagenero: “Vestida de blanco y con unas orquídeas amarilla en las manos bajó Camila Parker, eterna enamorada del príncipe Carlos de Gales, quien la hizo su esposa, y la convirtió en Duquesa de Cornuelles”. Borojó, arrechón y chontaduro para pasar el párrafo.
Al día siguiente, Carlos y Camila tuvieron en Cartagena otra dosis de palanqueras por la calle. Y, si bien los protagonistas en el Corralito de Piedra eran el heredero de la corona británica y su esposa  acompañados por Tutina, una palanquera despistada estuvo a punto de robase el show cuando le presentaron a la duquesa de Cornuelles como la futura reina de Inglaterra. “Pues las eligen mayorcitas en Inglaterra”, comentó la vendedora de frutas étnica, lo que fue traducido por la intérprete como “welcome to this land of Queens”.
La etapa final del “viaje real” como lo llamó la prensa colombiana, estuvo a cargo de Alejandro Santo Domingo quien condujo a la “pareja real” en el sanpan que se compró papá cuando estuvo de embajador en China, hasta la isla de Barú, lugar de su residencia de descanso. Allí Carlos y Camila, lejos de Vicky Turbay, de Pilar Castaño, de Roy Barreras, de Pum Pum Espinosa, de las palanqueras, del borojó y del arrechón, se sintieron en una atmósfera más propia de su condición en calidad de huéspedes de un auténtico miembro de la nobleza colombiana. “Uno de los nuestros”, susurró el príncipe a “su eterna enamorada” mordiéndole la oreja todavía bajo los efectos del arrechón. Esto hasta que apareció Tatiana, la sobrina de Alejandro, y su esposo Andrea Casiraghi, segundo en la línea de sucesión al trono monegasco. “Me equivoqué, Camila –dijo Carlos dándole otro bocado a la de Carnuelles--, esta gente tampoco es de fiar. Mira con quien están emparentados, con los Grimaldi, que cobran por cada aparición en cuanta fiesta, sarao o coctel en donde aparecen”. Así que allí mismo dieron por terminada su visita a Colombia y salieron hacia México. “A ver si allí, y llegando el día de los muertos, nos va mejor”, le gritó el príncipe a Camila, que se protegía con una par de sólidas orejeras en la cabeza.