Lamento mucho no
haber podido asistir ni a la recepción en la embajada británica ni a ninguno de
los demás actos previstos para homenajear a Carlos y Camila por causas de
fuerza mayor. Me caí ensayando ante el espejo de cuerpo entero la inclinación
para el besamanos que se recomendaba en una de las diversas invitaciones que
recibí y al irme de bruces contra el cristal, este se hizo añicos dejando en mi
cara laceraciones de diversa consideración. En la rodilla que debía doblar, que
ahora no sé muy bien si era la izquierda o la derecha --pero viniendo las
instrucciones de parte de María Ángela no me extraña que me indicaran la que no
era--, se me partió la rótula y esto, siendo grave, es lo de menos. Cómo voy yo
a salir a la calle con esta cara si es que quedé parecida a Valencia Cossio.
Tengo que llamar urgente a Amparo Grisales para que me dé el teléfono de su
plástico de cabecera porque el mío ya no me gusta, es el mismo de Renée
Zellweger y en la última transformación que me hizo me dejó igualita a Ivonne Nicholls.
Claro que la cosa tuvo su ventaja porque así pude entrar a todos los coctéles
que dieron en Bogotá sin ser invitada durante varios meses pero me delató un
camarero que le dijo al anfitrión: “Vea don Juampa, doña Ivonne está como muy
rara, le he pasado tres veces la bandeja y solo ha bebido jugo de naranja, y
mire la hora que es y no se ha dormido”. ¡Tan bobo! Es que no sabía que yo soy
íntima de Tutina y a esa fiesta sí estaba invitada; pero pasé un mal rato
aclarando que no era ningún hacker ni un espía del general Forero que
recolectaba datos para pasar a Uribe. En fin, como no hay mal que por bien no
venga, ahora tendré que cambiar de nuevo de cara y ya veré qué modelo escojo.
Lo único que lamento es no haber podido llegar con la de Ivonne hasta
Halloween.
Pero volvamos a
la visita de Carlos y Camila, que es de lo que les quería hablar. ¡Qué oso!
Antes de la llegada, la embarró María Isabel Rueda en El Tiempo con una carta
abierta en la que llamaba a la pareja “majestades”. Empezó mal porque son solo
“altezas” y ese tratamiento, que habrá llegado vía valija diplomática a la
suegra de Camila, la habrá puesto furiosa. La conozco y sé que tiene su genio
aunque lo disimula bien. Seguro que ha pensado: “Manda uno a esta parejita a
las Indias Occidentales y ya me están queriendo hacer el cajón”. Menos mal que,
según mis informantes, Yamid Amat Jr., mientras estuvo sobrio, no los bajó de your
highness. Eso parece que estuvo toda la noche your highness por
aquí, your highness por allá, mientras un camarero lo vigilaba a
prudente distancia no fuera a ser que le diera por lanzar contra los
invitados alguno de los platos Wedgwood de la embajada. Se comportó aunque sus
varias entradas al baño dieron que pensar si no andaba flojo del estómago.
Pero uno de los
momentos cumbres de la primera noche fue la entrega de una cartera por parte de
Mario Hernández a Camila. Al lado de Mario, en el momento mismo de la entrega
había una señora a quien no pude identificar bien en las fotografías pero era
tal su emoción, que abrió la boca tan desmesuradamente que quedó igualita al
diablo de Tasmania. Tanto que la augusta pareja de visitantes habrá pensado por
un momento que se encontraban al sur de Australia porque Carlos exclamó al ver
la cara de la señora, dirigiéndose a Camila: “Oh, dear, how beautiful specimen
of Sarcophilus harrisii”, que es como llaman los ambientalistas a ese animalito
que se parece al demonio. El malentendido se aclaró pronto pero Carlos quedó
muy molesto por la metedura de pata y, sobre todo, con aquella cartera de piel
de serpiente. Para un protector como él de las especies que habitan el planeta
aquel presente le resultaba de lo más inadecuado. Pero ya se sabe que a quien
no quiere caldo se le dan dos tazas y a Mario Hernández no se le ocurrió otra cosa
que enviarle otro bolsito en piel de la misma culebra a Kate Middleton. Así que
Carlos, disimulando su disgusto y haciendo honor a su fama de protector de
especies en vías de extinción, tuvo una larga charla con Roy Barreras. La
augusta pareja se retiró pronto a descansar, pues sabían la dura jornada que
les esperaba al día siguiente, y eso que desconocían en esa hora que el
programa incluía un encuentro con Pilar Castaño. Pero, cuando ya salían de la
embajada hubo dos incidentes dignos de reseñar, un lagarto autóctono, el
presidente de la Federación de Fútbol Colombiano, Luis Bedoya, entregó al
príncipe una camiseta de la selección y Carlos, siempre atento a los asuntos de
la fauna prestó más atención al bigote del saurio que a la prenda en cuestión.
Era la primera vez que veía un ejemplar de esa especie provisto de aquel
apéndice peludo. El broche de oro a la primera jornada del príncipe de Gales y
su esposa en Bogotá lo puso Sánchez Cristo al llamar a un aparte a Camila para
que le diera el teléfono de Pipa Middleton. Hasta tuvo que acudir en auxilio de
la señora duquesa Alberto Casas, que ese sí que es un verdadero gentleman
inglés con muchas horas de vuelo en clubes bogotanos y sabe cómo hay que
comportarse con la aristocracia. Y más desde que es pareja de María Emma.
En la segunda
jornada, a Carlos y Camila les tocó asistir a una “feria orgánica y de
sotenibilidad”, es decir a un mercado de ficción en cuyos puestos se encontraba
el equivalente a los vendedores de cualquier plaza de mercado colombiana, pero
a diferencia de las de verdad, sin carteristas ni limosneros. Los encargados de
enseñar la mercancía a la ilustre pareja de visitantes iban disfrazados
vendedores autóctonos, pero mi fuente me
informó que eran actores de telenovela, con ruanas, sombrero y alpargatas impecables, así que el
heredero y señora no pudieron ver niguas, pulgas ni caspa voladora que son
algunos de los elementos que dan autenticidad a nuestros tradicionales mercados campesinos. Como animales exóticos
llevaron al mercadillo de atrezzo
unas cuantas ovejas, quizá pensando que sus altezas nunca habían visto una en
su vida, aunque el interés de Carlos se
centraba en Juan Valdés y su mula, pero cuando creyó ver a Conchita se dio
cuenta de que era Pilar Castaño explicándole cómo se lleva una ruana.
“Introduce, your highness, su
augusta testa por coronar entre los pliegues de la abertura central y deja caer
la prenda sobre el cuerpo con naturalidad, o bien echa uno de los extremos
delanteros con aire négligée como hace mi amiga Isabel Presley con sus pañuelos
Loewe, pero en su caso con masculina elegancia. La ruana, your highness --no
confundir con el poncho de tierras bajas, por favor-- está elaborada con finas
hebras de auténtica oveja merina criolla sacrificada con método indoloro por
expertos matarifes del altiplano, para que no tenga, your highness,
reparos ecológicos. El contraste con su terno confeccionado en Savile Row, que
eso se nota a la legua, dará un resultado absolutamente épatant. Papá, que como
your highness no se desprende del blazer doppiopetto ni para ir al baño,
combina el conjunto permanentemente con un rústico cayado de palosanto y un
vaso de blend de malta y cebada de edad nunca inferior a los doce años, lo digo
para que sepa bien con quien está hablando.”
A todas estas,
apareció en escena una palanquera que, como todo mundo sabe, abundan por las
calles de Bogotá. La negra llevaba un reluciente platón de aluminio recién
salido de fábrica en la cabeza que despertó la curiosidad de Carlos. El
príncipe de Gales se empinó para mirar el contenido y al verlo vacío,
comprendió que la gracia de la exhibición consistía en mantener en equilibrio
aquella vasija de uso doméstico sobre la cabeza al tiempo que se realizan
contoneos de cadera.
El momento
estelar del evento fue la degustación de productos autóctonos tales como el
chontaduro, el arrechón y el jugo de borojó que
constituyen una verdadera prueba de fuego para la sangre azul por sus
propiedades afrodisíacas a la par que laxantes. En trances como estos es donde
se nota el temple de carácter, la valentía y el arrojo de la nobleza. “Nunca lo
olvidaremos”, parece que dijo Carlos durante su cuarta visita al trono esa
noche.
Abandonaron el
de Gales y la de Cornualles aquel escenario mercantil de abundantes lagartos y
damas encaramadas en stilettos que se quedaron con la venia ensayada y sin
poderla estrenar, y se dirigieron hacia destinos diferentes; la duquesa a
saludar los caballos de la policía montada y el príncipe a presenciar un
partido de rugby entre jugadores traídos de la costa pacífica para la ocasión.
La cancha del evento deportivo fue un barrizal en el Gimnasio Moderno bajo un
diluvio que ya habría querido Noé para la ocasión. En todo caso, María Ángela,
acompañante oficial del príncipe en el partido no dejó escapar la ocasión para
hacer notar a su alteza que tanto el Gimnasio Moderno como las casas de los
alrededores eran todas estilo Tudor tardío “como podrá ver your highness por la abundancia de ladrillo a la vista,
porque para ingleses nosotros los bogotanos”.
En la noche, vino la cena de gala en la que el presidente Juan Manuel
Santos, su esposa y la habitual comitiva de lagartos homenajearon a la ilustre
pareja de visitantes. A las puertas de Palacio se agolpaban los saurios y
batracios más distinguidos de nuestra sociedad, encabezados por Vicky Turbay
que instaló a un propio en colchoneta para que le guardara el primer puesto
horas antes. Luciendo sus mejores galas para la ocasión se vio desfilar por
allí, entre otros, a Pum Pum Espinosa, Noemí Sanín, Christian Toro, José
Gabriel Ortiz y Munir Falah sin cuya presencia no puede decirse que haya sarao
que se respete en los salones bogotanos.
Al día siguiente
tocó visita al resort de las FARC conocido como parque de La Macarena. Santos
acompañó descamisado al príncipe que solo se despojó brevemente de la chaqueta
de su impecable terno de verano dejando en el lugar uno de los records más
curiosos de que se tenga memoria en la selva colombiana, la primera vista de un
cachaco londinense vestido de traje y corbata. Despojándose brevemente de la
chaqueta Carlos nos descubrió uno de los secretos del buen vestir: que con el blazer cruzado o doppiopetto la corbata se
lleva por dentro del pantalón pisada con el cinturón y, para asegurarse que no se
desplazará en algún sentido y permanecerá atada a su lugar inamovible como un
parlamentario colombiano, además de aquella medida extrema de llevarla atada a
la cintura, se debe llevar pisacorbatas.
Ya en la noche del viernes comenzó la etapa final de su visita con
viaje nocturno a Cartagena de cuya llegada no puedo evitar reproducir el
comienzo de la crónica del periódico local, El Universal. Escribió el diario
cartagenero: “Vestida de blanco y con unas orquídeas amarilla en las manos bajó
Camila Parker, eterna enamorada del príncipe Carlos de Gales, quien la hizo su
esposa, y la convirtió en Duquesa de Cornuelles”. Borojó, arrechón y chontaduro
para pasar el párrafo.
Al día siguiente, Carlos y Camila tuvieron en Cartagena otra dosis de
palanqueras por la calle. Y, si bien los protagonistas en el Corralito de
Piedra eran el heredero de la corona británica y su esposa acompañados por Tutina, una palanquera
despistada estuvo a punto de robase el show cuando le presentaron a la duquesa
de Cornuelles como la futura reina de Inglaterra. “Pues las eligen mayorcitas
en Inglaterra”, comentó la vendedora de frutas étnica, lo que fue traducido por
la intérprete como “welcome to this land of Queens”.
La etapa final del “viaje real” como lo llamó la prensa colombiana,
estuvo a cargo de Alejandro Santo Domingo quien condujo a la “pareja
real” en el sanpan que se compró papá cuando estuvo de embajador en China,
hasta la isla de Barú, lugar de su residencia de descanso. Allí Carlos y
Camila, lejos de Vicky Turbay, de Pilar Castaño, de Roy Barreras, de Pum Pum
Espinosa, de las palanqueras, del borojó y del arrechón, se sintieron en una
atmósfera más propia de su condición en calidad de huéspedes de un auténtico
miembro de la nobleza colombiana. “Uno de los nuestros”, susurró el príncipe a
“su eterna enamorada” mordiéndole la oreja todavía bajo los efectos del
arrechón. Esto hasta que apareció Tatiana, la sobrina de Alejandro, y su
esposo Andrea Casiraghi, segundo en la línea de sucesión al trono monegasco.
“Me equivoqué, Camila –dijo Carlos dándole otro bocado a la de Carnuelles--,
esta gente tampoco es de fiar. Mira con quien están emparentados, con los
Grimaldi, que cobran por cada aparición en cuanta fiesta, sarao o coctel en
donde aparecen”. Así que allí mismo dieron por terminada su visita a Colombia y
salieron hacia México. “A ver si allí, y llegando el día de los muertos, nos va
mejor”, le gritó el príncipe a Camila, que se protegía con una par de sólidas
orejeras en la cabeza.
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