sábado, 31 de diciembre de 2011

Colombia al nivel de Dubái



 No pretendo hacer demagogia si no registrar dos hechos encontrados en la prensa el último día del año, por si alguien con algo de sensibilidad pudiese cuestionarse por qué en Colombia estamos como estamos.

Cuenta el periodista Juan Gossain que en Arenal, un pueblo de 15.000 habitantes a 40 kilómetros de Cartagena, en vísperas de Nochebuena murieron dos niños de hambre. Uno de dos años en el mismo pueblo y otro, de siete meses, en Soplaviento, una aldea de músicos que queda al frente.

Cuenta el periodista que “estaban recogidos con sus familias en albergues para damnificados del invierno. Los dictámenes médicos fueron iguales en ambos casos: muerte por desnutrición. Los aguaceros de los últimos años han ocasionado tantos estragos en las riberas del canal del Dique que ya no hay comida. Un sacerdote amigo mío vio a una madre con sus hijos almorzando las hojas que arrancaban de un palo de limón a la salida de Calamar.

Ese mismo día, mientras los vecinos piadosos recogían dinero en la calle para enterrar a los niños, en una bodega de la zona industrial de Cartagena tuvieron que destruir 12.000 raciones de comida que la Gobernación de Bolívar había comprado hace cuatro años, para socorrer a las víctimas del invierno, pero que acabaron pudriéndose en un depósito.

No eran solo alimentos. En las cajas también había varias medicinas, entre ellas suero glucosado para rehidratar a los hambrientos. Es probable que con un par de esas botellas los dos niños se hubieran salvado.”

Hasta aquí parte del relato de Gossain, que luego se adentra en el relato del peloteo en que entran los diversos gobernadores que ha tenido el departamento de Bolívar en este tiempo para descargar culpas por esta aberración.

Según el diario El Espectador, a pocos kilómetros de esa tragedia, a un tiro de piedra de Cartagena, la empresa Megaterra S.A. acaba de inaugurar un campo de golf de 145 hectáreas “que nada tiene que envidiar a los de Estados Unidos o Dubái”, tras una inversión de 85 millones de dólares; con “hotel de cinco estrellas, drenaje de última generación, al igual que pasto africano pero cultivado en la Universidad de Georgia Tech y que puede ser regado con agua salobre a través de 2.000 aspersores controlados desde una sala de cómputo y dotados de un chip para medir la humedad”.

Tanta maravilla hará las delicias de los clubmes que hablan por las mañanas en las emisoras colombianas y para quienes, en el fondo, el episodio de Arenal no deja de ser una fastidiosa anécdota que empaña la imagen de un país que ya ven al nivel de Dubái.

viernes, 9 de diciembre de 2011

Un vuelo infame


El portavoz de la compañía de aviación Iberia ha hecho unas polémicas declaraciones sobre el conflicto que ha llevado a los pilotos a  declarase en huelga. Justo Peral aseguró que el colectivo de pilotos de Iberia se ha visto obligado a convocar las huelgas porque "el consejero delegado de la compañía, Rafael Sánchez Lozano, y el consejero delegado de IAG, Willie Walsh", han decidido convertir a Iberia y al aeropuerto de Madrid-Barajas en unos recursos aéreos "low cost que solo sirvan para traer a España emigrantes desde América Latina y turismo barato desde Europa".

Comentando estas declaraciones, los periodistas de la emisora colombiana W interpretaron que el representante de Iberia estaba hablando de chusma, esa fue la palabra que emplearon. Lo decían con cierto asombro pero no han errado mucho en la interpretación a juzgar por la carta que recibí hace unos días, describiendo lo que es un vuelo de Madrid a Medellín y que trascribo a continuación:

Querida duquesa:
Cada vez que generalizo me acuerdo inevitablemente de nuestro amigo Elkin y su aversión por esta práctica. Pero es inevitable, no puedo sustraerme a comparar la experiencia del vuelo directo de Avianca a Medellín con otros que acabo de realizar hace apenas unas semanas al otro lado del mundo y que me llevaron a lugares tan dispares como Bangkok, Taipei, Hong Kong, Pekín y Madrid. ¿Por qué en ninguno de estos vuelos recientes viví una experiencia semejante a esta de volar directamente entre Madrid y Medellín? Pongo por delante que lo repetiré porque resulta muy cómodo estar en casa el mismo día que has salido de España sin trasbordos, cambios de aeropuerto y demás. Pero qué horror, amiga mía; qué cantidad de argumentos para reflexionar sobre el por qué esta sociedad nuestra es como es. Sé que a lo mejor no vas a estar de acuerdo conmigo, que piensas que exagero, que no será para tanto, que es que sólo a mí me pasan unas cosas… Pero te juro que es rigurosamente cierto y que a lo mejor todo tiene una explicación, que no justificación.
Para abrir boca leo la prensa en la sala de embarque en Madrid y me desayuno con la noticia del colombiano que mató y enterró a su ex novia a las afueras de aquella ciudad y paso a la otra que habla de la abogada que contrató a un sicario, compatriota nuestro, para que le “diera un susto” a su ex marido y al profesional del gatillo se le fue la mano. A mi lado unas mujeres jóvenes pero tan entradas en carnes que podrían ser las madres de ellas mismas, comen donuts que van sacando de una caja hasta agotar existencias. Sobre sus abultadas pechugas van cayendo las migas al tiempo que descubren en su conversación el motivo y circunstancias del viaje: están en paro, han comprado sólo vuelo de ida y aprovechan para quedarse hasta después de Navidad. Esta conversación la oímos a otros viajeros, también hay gente que lleva cinco años sin volver a la patria. Como la familia que va detrás de nosotros compuesta por el padre, la madre, dos niños pequeños y uno de diez años que estuvo dándole patadas a la silla durante las diez horas de vuelo. Cuando les llamamos la atención, el padre --un hombre que no sé por qué me recordó mucho a Popeye, el lugarteniente de Pablo Escobar—nos dijo que nos aguatáramos porque el niño sólo estaba jugando.
Ahora viene la generalización anunciada al comienzo: era todo chusma…, o lo parecía. Cuando el avión, después de sobrevolar el impresionante paisaje antioqueño, tocó tierra, una ovación atronadora apagó el ruido de los motores. Se oyó un sonoro “hijuputa” en señal de alegría y otras manifestaciones propias de la “mentalidad tuguriana” como dice un amigo común. Uno de los parados que regresaba a celebrar la Navidad y caer en coma etílico cuanto antes se caló un sombrero llanero y, como iba vestido de paramilitar, parecía recién salido de una telenovela de RCN. Una maciza con media docena de operaciones en el cuerpo y que llevaba de la mano al hijo de nadie, parecía no haber triunfado demasiado con sus carnes entre los varones españoles y venía a probar suerte con los paisanos. Todo el pasaje de aquel vuelo infame era así más o menos. Nunca, por otra parte, he visto un avión quedar en condiciones tan lamentables como el vuelo 017 de Avianca al finalizar su travesía sobre el Atlántico. Era el paisaje mismo después de una batalla, había hasta pañales de bebé con su correspondiente recuerdo; no saben estas madres tugurianas que los baños de estas modernas naves están dotados de facilidades para que, una vez que el niño haya obrado, se deposite el pañal sin molestar al vecindario. Les da igual, de todas formas una hermanita del aliviado tuvo a bien pregonarlo en voz alta al pasaje a la altura del golfo de Maracaibo: ¡mamá, John Freddy se cagó!”. Después de aquel anuncio, la azafata, que tendría dos años menos que mi madre, nos trajo un tentempié.
Llegamos. Además del pasaporte hubo que presentar la cédula, esa cartulina que encanta a los colombianos, y cómo no, identificarse, además, con la huella digital. En la cola, mientras esperábamos para ser reseñados por el DAS (siempre he pensado que uno llega del exterior a un aeropuerto colombiano y sale a la calle en libertad condicional), un descamisado preguntó por el teléfono móvil a su interlocutor cómo estaban los aguacates. Cuando traspasamos la puerta para ir a la calle, una multitud alborotada daba la bienvenida al ganado que desembarcaba del AV 017 con globos de colores, confeti, pancartas y gritos histéricos. Lo había olvidado: hace dos meses en Colombia es Navidad. En el vuelo no venía ningún español, sólo una pareja de jóvenes italianos, guapos ambos y muy bien vestidos. Iban para Bogotá e Iberia los embarcó a última hora en ese vuelo. Estuvieron callados casi todo el tiempo, apenas se movieron de sus puestos. Cuando los dejé allí sentaditos tan modosos y bien puestos, algo acoquinados por el espectáculo, sentí vergüenza por ellos. Pero pensé lo de siempre, “estos pobres no saben que esto es lo que da la tierrita.”
Un saludo.
J.

martes, 6 de diciembre de 2011

Negritud e hipocresía



 Las fotos de dos empleadas negras como un par de floreros en casa de unas señoras ricas de Colombia ha desatado una polvareda en Internet. La revista española Hola hizo el reportaje gráfico que hoy es motivo de una polémica hipócrita a ambos lados del Atlántico, en España y en Colombia.

Para empezar habría que dar por sentado que Colombia es un país racista en donde estas cosas son “de lo más natural”. ¿Cuántos presidentes negros ha tenido el país? ¿Cuántos generales negros hay en su ejército? ¿Cuántos obispos negros en su iglesia católica? ¿Cuántos hombres de empresa o finanzas negros? ¿Cuántos negros son miembros de los clubes sociales colombianos? ¿Cuántos editores, conductores de programas o directores negros hay en su medios de comunicación?

En 1991, el país reformó su Constitución presionado por el narcotráfico y llenó con ello el Estado de elefantes blancos como la Comisión Nacional de Televisión, el Consejo General del Poder Judicial, las Corporaciones Autónomas Regionales y un largo etcétera de entes destinados a chupar del presupuesto y alimentar la corrupción; y en aquel árbol de Navidad de Pablo Escobar se puso en la copa la brillante estrella de la “no extradición” (a Estados Unidos) y, entre todas las guirnaldas, globitos de colores, escarcha y espumillón los negros colombianos dejaron de ser tal cosa y pasaron a ser “afrodescendientes”.  Así saldaba el país la deuda de siglos con la comunidad negra.

En este contexto la polémica de hoy es hipócrita por parte de la prensa colombiana, la prensa socialista española, la señora caleña y el fotógrafo de Hola. Irónicamente los únicos que no parece tener vela en este entierro son los agraviados, es decir, los negros.

Es hipócrita que se rasgue las vestiduras una prensa en donde no hay, en un cargo de responsabilidad, ni un sólo negro. A mayor abundamiento: el presidente de uno de los dos canales de televisión más importantes del país dijo hace años (en privado, por supuesto) que sólo quería mujeres jóvenes y rubias para sus noticieros.

Es hipócrita que se rasgue las vestiduras la prensa socialista española (la única que se ocupa de estos asuntos) porque los socialistas españoles, que en lo macro denigran de los ricos y sus alardes clasistas, en la distancia corta babean, lubrican y aúllan cuando están en casa de un multimillonario. Véase sino el siguiente ejemplo de reportaje del muy socialista Canal Cuatro en casa de un rico colombiano:
Y no está de más recordar que Felipe González no tiene empacho en posar de descamisado en los mítines de su partido siendo asesor del hombre más rico del mundo.

Es hipócrita la señora rica de Cali diciendo que dejó poner a las dos negras de aquella guisa porque las quiere tanto que les da trabajo. (Habla en 'La W' Rosa Haluf de Castro, una de las protagonistas de la polémica).

Y es hipócrita el fotógrafo de Hola que dice haber puesto a las dos negras de fondo porque le sirvieron muy bien el café. ¿Cuándo salen los empleados filipinos del la reina del papel cuché en España cada vez que hacen un reportaje en su casa?

lunes, 5 de diciembre de 2011

Culos y polímeros



No se entiende muy bien la denuncia que acaba de hacer en los medios de comunicación de Colombia una periodista (¿?????) a quien le fue implantado en el trasero una considerable dosis de polímeros que, con el tiempo, se desplazó –la dosis, no el trasero—hacia la espalda. Según cuenta la muchacha, la convenció un médico con el argumento de bajarse los pantalones en su consultorio, mostrándole el culo para que viese lo hermoso que era el suyo gracias a un mágico implante.

Lo normal en este caso habría sido salir del consultorio y formular una denuncia contra un profesional de la medicina que actúa de esa forma. Pues no, la periodista  (¿??????) en cuestión quedó prendada del fundillo del galeno y –como se dice en España—culo veo, culo quiero. “Doctor –le habrá dicho--, yo quiero un culo como el suyo”, con las consecuencias ampliamente divulgadas por la prensa.

Pero, si no se entiende esa parte, se entiende aún menos que las periodistas en Colombia deban ponerse culo y tetas para comunicar por prensa, radio  y, sobre todo, televisión. Esto de los implantes en general es una pandemia muy colombiana que traerá consecuencias dentro de unos años, porque aquí se ha puesto de moda regalar implantes como antaño se enviaban flores a las mujeres.

“¡Ay, como la niña cumple quince años regalémosle un par de tetas!”, suelen decir muchos orgullosos padres, sobre todo en Antioquia, en donde la cultura mafiosa ha impuesto esta costumbre.

Supimos también por las declaraciones de la periodista (¿??????) damnificada en su fundamento que, además, participaba en el concurso “Miss Cola Colombia 2011” y que fue la ganadora de este certamen. Caramba, en este caso si que está más que justificada la intervención de Ecopetrol para liberar, mediante el correspondiente dragado, a la mejor cola de Colombia de un sobrante de polímeros que podría contribuir a incrementar las cifras de la bonanza minera que hoy vive el país.

Apreciables recomendaciones

A estas apreciables recomendaciones limeñas se les ha agregado para sus diversiones y deliciosos paseos el espíritu y bello gusto de este Excelentísimo señor Virrey, porque como tan sabido y amante de la felicidad y mayor cultura de estos habitantes, le ha dado la comodiad de la más bien delineada y frondosa alameda para sus paseos, les ha ideado y puesto en corriente de no menor diversión, y una plaza ded toros al símil de la ideada por el señor Marqués de la Ensenada sobre la Puerta de Alcatraz.