El portavoz de la compañía de aviación Iberia ha hecho unas polémicas declaraciones sobre el conflicto que ha llevado a los pilotos a declarase en huelga. Justo Peral aseguró que el colectivo de pilotos de Iberia se ha visto obligado a convocar las huelgas porque "el consejero delegado de la compañía, Rafael Sánchez Lozano, y el consejero delegado de IAG, Willie Walsh", han decidido convertir a Iberia y al aeropuerto de Madrid-Barajas en unos recursos aéreos "low cost que solo sirvan para traer a España emigrantes desde América Latina y turismo barato desde Europa".
Comentando estas declaraciones, los periodistas de la emisora colombiana W interpretaron que el representante de Iberia estaba hablando de chusma, esa fue la palabra que emplearon. Lo decían con cierto asombro pero no han errado mucho en la interpretación a juzgar por la carta que recibí hace unos días, describiendo lo que es un vuelo de Madrid a Medellín y que trascribo a continuación:
Querida duquesa:
Cada vez que generalizo me acuerdo inevitablemente de nuestro amigo Elkin y su aversión por esta práctica. Pero es inevitable, no puedo sustraerme a comparar la experiencia del vuelo directo de Avianca a Medellín con otros que acabo de realizar hace apenas unas semanas al otro lado del mundo y que me llevaron a lugares tan dispares como Bangkok, Taipei, Hong Kong, Pekín y Madrid. ¿Por qué en ninguno de estos vuelos recientes viví una experiencia semejante a esta de volar directamente entre Madrid y Medellín? Pongo por delante que lo repetiré porque resulta muy cómodo estar en casa el mismo día que has salido de España sin trasbordos, cambios de aeropuerto y demás. Pero qué horror, amiga mía; qué cantidad de argumentos para reflexionar sobre el por qué esta sociedad nuestra es como es. Sé que a lo mejor no vas a estar de acuerdo conmigo, que piensas que exagero, que no será para tanto, que es que sólo a mí me pasan unas cosas… Pero te juro que es rigurosamente cierto y que a lo mejor todo tiene una explicación, que no justificación.
Para abrir boca leo la prensa en la sala de embarque en Madrid y me desayuno con la noticia del colombiano que mató y enterró a su ex novia a las afueras de aquella ciudad y paso a la otra que habla de la abogada que contrató a un sicario, compatriota nuestro, para que le “diera un susto” a su ex marido y al profesional del gatillo se le fue la mano. A mi lado unas mujeres jóvenes pero tan entradas en carnes que podrían ser las madres de ellas mismas, comen donuts que van sacando de una caja hasta agotar existencias. Sobre sus abultadas pechugas van cayendo las migas al tiempo que descubren en su conversación el motivo y circunstancias del viaje: están en paro, han comprado sólo vuelo de ida y aprovechan para quedarse hasta después de Navidad. Esta conversación la oímos a otros viajeros, también hay gente que lleva cinco años sin volver a la patria. Como la familia que va detrás de nosotros compuesta por el padre, la madre, dos niños pequeños y uno de diez años que estuvo dándole patadas a la silla durante las diez horas de vuelo. Cuando les llamamos la atención, el padre --un hombre que no sé por qué me recordó mucho a Popeye, el lugarteniente de Pablo Escobar—nos dijo que nos aguatáramos porque el niño sólo estaba jugando.
Ahora viene la generalización anunciada al comienzo: era todo chusma…, o lo parecía. Cuando el avión, después de sobrevolar el impresionante paisaje antioqueño, tocó tierra, una ovación atronadora apagó el ruido de los motores. Se oyó un sonoro “hijuputa” en señal de alegría y otras manifestaciones propias de la “mentalidad tuguriana” como dice un amigo común. Uno de los parados que regresaba a celebrar la Navidad y caer en coma etílico cuanto antes se caló un sombrero llanero y, como iba vestido de paramilitar, parecía recién salido de una telenovela de RCN. Una maciza con media docena de operaciones en el cuerpo y que llevaba de la mano al hijo de nadie, parecía no haber triunfado demasiado con sus carnes entre los varones españoles y venía a probar suerte con los paisanos. Todo el pasaje de aquel vuelo infame era así más o menos. Nunca, por otra parte, he visto un avión quedar en condiciones tan lamentables como el vuelo 017 de Avianca al finalizar su travesía sobre el Atlántico. Era el paisaje mismo después de una batalla, había hasta pañales de bebé con su correspondiente recuerdo; no saben estas madres tugurianas que los baños de estas modernas naves están dotados de facilidades para que, una vez que el niño haya obrado, se deposite el pañal sin molestar al vecindario. Les da igual, de todas formas una hermanita del aliviado tuvo a bien pregonarlo en voz alta al pasaje a la altura del golfo de Maracaibo: ¡mamá, John Freddy se cagó!”. Después de aquel anuncio, la azafata, que tendría dos años menos que mi madre, nos trajo un tentempié.
Llegamos. Además del pasaporte hubo que presentar la cédula, esa cartulina que encanta a los colombianos, y cómo no, identificarse, además, con la huella digital. En la cola, mientras esperábamos para ser reseñados por el DAS (siempre he pensado que uno llega del exterior a un aeropuerto colombiano y sale a la calle en libertad condicional), un descamisado preguntó por el teléfono móvil a su interlocutor cómo estaban los aguacates. Cuando traspasamos la puerta para ir a la calle, una multitud alborotada daba la bienvenida al ganado que desembarcaba del AV 017 con globos de colores, confeti, pancartas y gritos histéricos. Lo había olvidado: hace dos meses en Colombia es Navidad. En el vuelo no venía ningún español, sólo una pareja de jóvenes italianos, guapos ambos y muy bien vestidos. Iban para Bogotá e Iberia los embarcó a última hora en ese vuelo. Estuvieron callados casi todo el tiempo, apenas se movieron de sus puestos. Cuando los dejé allí sentaditos tan modosos y bien puestos, algo acoquinados por el espectáculo, sentí vergüenza por ellos. Pero pensé lo de siempre, “estos pobres no saben que esto es lo que da la tierrita.”
Un saludo.
J.