sábado, 28 de septiembre de 2013

Una modesta reflexión


Los colombianos son un pueblo atípico. Capaces de las más iracundas reacciones individuales cuando creen ver afectados sus intereses o simpatías políticas y aborregados y sumisos como colectividad ante los abusos del poder. Colombia está rodeada de naciones que en un momento vieron caer a sus gobernantes por causas más o menos justas pero que fueron derribados en medio de una protesta popular y aquí, en un país que alardea de respetuoso con la leyes y la democracia, pasan impertérritos mandatos perfectamente olvidables.
Solo una vez en sus doscientos años de independencia los colombianos reaccionaron en masa frente a lo que consideraron una afrenta a los intereses de una gran colectividad y lo hicieron muy en su estilo individual, con esa violencia irracional que ha dejado tantos muertos entonces y tantos con sus secuelas que ya somos incapaces de contar: el 9 de abril de 1948. Pero, fuera de esa vez, por encima de este país pasan carros y carretas de abusos, infamias y tropelías sin que los colombianos reaccionen pensando en el bien común.
Cometieron como nación el grave error de importar un problema que no tenían, la elaboración y comercio de un producto de alta demanda pero prohibido, la cocaína. Y cuando se dieron cuenta del error –si es que esto ocurrió, cosa que dudo-, fue demasiado tarde. El hito, en todo caso, de ese momento histórico fue Pablo Escobar quien quiso derribar a las instituciones escablecidas con el poder de su inmensa fortuna y ese carácter suyo tan propio y tan colombiano. No pudo, sin embargo, porque nada se puede cuando se lucha como individuo contra el Estado.
Ocurrió entonces, cuando pasó este fenómeno, un hecho pequeñito y desaparcibido pero muy significativo. La familia del capo, refugiada fuera de Colombia, queriendo ocultarse en el anonimato, se cambia de nombre y no encuentra mejor opción entre la infiniadad de apellidos que pudo haber escogido para ocultarse de los focos y la curiosidad pública, que escoger el de dos de las familias de mayor alcurnia criolla, Marroquín Santos. Los traicionó el subconciente, de eso se trataba, de ser como los que han mandado toda la vida en este país.
Pasa el fenómeno Escobar y los beneficiados con su muerte, el Cartel de Cali, sus archienemigos en el negocio de la cocaína, comprenden que contra el Estado no se lucha pero que si se quiere estar allí se lo puede comprar. Y lo compran. La familia Rodríguez Orejuela derrama los millones de dólares suficientes para poner en el palacio de Nariño a un presidente y luego para que un Congreso venal lo absuelva de su pecado. Y los colombianos como colectividad aceptan y otorgan. Pagarán muy caro con el gobierno de Álvaro Uribe este nuevo error.
Pero antes deben soportar un experimento inútil que se podría haber ahorrado el mandatario de turno, Andrés Pastrana, si hubiese leído antes el único librito que escribió Manuel Marulanda, “Cuaderno de Campaña”, en donde está su credo y manera de actuar siempre: hay que engañar al poder “hagámosle creer –dice Marulanda y cito de memoria- que estamos de acuerdo para ganar tiempo y fortalecernos entre tanto”.
Y llegó Álvaro Uribe, el colombiano por excelencia, iracundo, iluminado, poseído de la verdad verdadera y dispuesto a imponerla saltando por encima de las leyes. Con Uribe y la parapolítica pagaron los colombianos el error de no haber castigado a Ernesto Samper por haberse hecho elegir con dinero del narcotráfico. Los corruptos dijeron: “aquí todo el monte es orégano, podemos hacer lo que queramos”.
Tienen, sin embargo, los colombianos un instrumento que podría revertir esta situación. Dar el campanazo a la clase instalada en el poder desde hace ya tantos años. Un instrumento que tiene la facultad para inhabilitarlos en el ejercicio del poder que es un artículo de la Constitución, el 258. Desconocido, desprestigiado por quienes, temerosos de su poder devastador, engañan haciéndole creer a la gente que el voto en blanco favorece al candidato más votado.
Es mentira, el voto en blanco no sólo les impedirá mantenerse en el poder sino que les impedirá presentarse de nuevo a las elecciones, unas elecciones que será necesario convocar de nuevo con nuevos y diferentes candidatos. Sé muy bien que esto parece una utopía, que convencer a un país indolente y descreído como colectividad parece imposible, pero de momento podemos soñar.
Divulguemos el artículo 258 de la la Constitución colombiana y que al menos nos quede la satisfacción de haberlo intentado.

2 comentarios:

  1. Votar en blanco solo ayudará a los politiqueros tradicionales responsables de la situación actual. ¿Por qué? pues porque los que votarán en blanco son votos de opinión, votos que pierden los buenos candidat@s, los que están intentando cambiar esto. Mientras tanto los politiqueros felices, se consolidarán e incluso elegirán más, a ellos no los afecta el voto en blanco, prácticamente TODOS sus votos son amarrados no de opinión.
    Que el voto en blanco sea mayoría es casi imposible en las condiciones de Colombia, pero aceptando en gracia de discusión que lo logren, la consecuencia será, como es sabido, que se repetirán las elecciones, sí, con nuevos candidatos, pero eso ¡NO SOLUCIONA NADA! Lo que pasará es que en vez de estar, por ejemplo, el senador por la U Jorge Eduardo Gechem, lo reemplazará en la lista de la U su hijo Carlos Gechem. Es decir no estarán los candidatos actuales pero sí sus herederos políticos, familiares o no, serán otras personas pero con las MISMAS POLÍTICAS ¿sirve eso para cambiar el país? ¡No!
    Si de verdad se quiere ayudar al país hay que promover que la gente vote de forma consciente por quien consideren sea un buen candidato o candidata y con quien se sientan identificado, que miren su trayectoria y especialmente sus ideas. Habrán literalmente CIENTOS de candidatos ¿todos son malos y corruptos?

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  2. Muchas gracias por su comentario. En primer lugar estoy de acuerdo con usted en que los votos de opinión puede que perjudiquen a algún buen candidato y el voto en blanco, si no es mayoritario, es un voto de opinión. Pero de lo que se trata es precisamente de romper ese círculo vicioso y hacer que el voto en blanco deje de ser de opinión para llegar a ser algo más que eso: un voto de castigo, un voto de protesta, de rebeldía.
    Yo considero que los tres millones y medio de votos que obtuvo Mokus en la segunda vuelta presidencial de 2010 fueron de opinión porque la gran mayoría de sus votantes sabía que tenía perdida las elecciones; pero quisieron manifestar su hartazgo con la corrupción uribista votando a un candidato que, aunque fue nefasto en campaña, era la imagen misma de la honestidad. ¿Qué pasó? ¿Entendió Santos el mensaje? No, seguimos en lo mismo; mire la jaula de grillos que es hoy la coalición de gobierno por el reparto de puestos. Hay pues, que provocar una sacudida sonada, que la clase política tradicional vea que la gente está harta de todos ellos.
    Mire, soy consciente de que lograr esa mayoría es muy difícil, pero si quienes pensamos que el voto en blanco es últil no alcanzamos la mayoría no pasa nada. Seguiremos en las mismas, en lo de siempre, en unas instituciones que habrán sido elegidas dándole a la gente una camiseta, un sancocho o media de aguardiente. Lo que siempre han hecho los polítiqueros tradicionales.
    Ellos tienen sus listas cerradas llenas de gentes corruptas, como vemos ya con la lista del Centro Democrático uribista. Pero si conseguimos el milagro de alcanzar una mayoría de votos en blanco -piénselo bien- no será cualquier tontería. Puede usted estar seguro de que será un hecho de tal magnitud que llegará a tener repercusión en toda la prensa internacional. Y a nivel nacional supondría una sacudida tal que aunque el hijo de Jorge Eduardo Gechem se presente en lugar de su padre –para tomar el ejemplo que usted me pone-, se va a encontrar con una opinión pública muchísmo más atenta, más consciente por un fenómeno nunca visto y no le va a ser tan fácil a don Carlos “pasar de agache” como ha ocurrido hasta ahora con todos los que gobiernan “en cuerpo ajeno”.
    Sí, puede que el voto en blanco perjudique a algún buen candidato pero esto es una guerra contra la corrupción y en toda guerra lamentablemente caen a veces víctimas inocentes. Pero no se preocupe usted, no hay tantos tan buenos. ¿Me puede usted nombrar más de cinco congresistas trabajadores, honestos, perocupados por el bien común y no en defender intereses personales?
    Esta Constitución colombiana, producto de las presiones del narcotráfico a uno de los personajes más desastrosos de la vida pública colombiana como es el señor César Gaviria, nos deja por lo menos ese resquicio del artículo 258. Entre tanta institución deleznable que dejó a la sociedad colombiana como el Consejo Superior de la Judicatura, la Comisión Nacional de Televisión y las nefastas e inútiles CAR, para nombrar solo unas cuantas, nos dotó de este interesante “articulito”, el único al que hoy las personas decentes podemos aferrarnos como si fuese la tabla de un náufrago.

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