Seguramente la profesión de
periodista es la que cuenta con mayor número de intrusos. Cualquier reina de belleza por menear el culo
en una pasarela y exhibir un par de tetas operadas se cree con mérito
suficiente para ser presentadora de noticiero de televisión o columnista de
prensa. Es el caso de Alejandra Azcárate.
Del escándalo levantado a raíz de su ofensiva columna contra la gente
obesa tiene una parte alícuota de culpa el grupo editorial de El Tiempo,
propietario de la revista Aló, en donde se publicó el exabrupto.
Tiene también la culpa una
sociedad como la colombiana que aúlla, chilla y babea con los concursos de
belleza de donde salen estos engendros. La señora Azcárate va de
irreverente, provocadora y rebelde sin
darse cuenta de que para eso hay que tener talento. Alguien cercano a esta mujer con caridad
cristiana, debería hacerle comprender que ella no es Borges ni Fernando Vallejo
y que manejar la mordacidad y el humor es de las cosas difíciles que hay en
literatura. Ella dice que lo suyo es ironía cuando no es más que materia fecal,
que es lo único que parece que es capaz de producir su reducido cerebro de
mosquito.
Pero es que, además, es tan
bruta que se echa a todo mundo encima plagiando una revista norteamericana:
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