Las declaraciones de la Dania Suárez, la mujer que desató el
escándalo del servicio secreto de Obama en Cartagena, ponen en evidencia varias
cosas; la principal de ellas es la pérdida de valores de buena parte de la
sociedad colombiana. Tenemos a una madre soltera convertida en puta para –según
sus propias palabras- que su hijo pudiese alardear de que tenía sirvienta en
casa y ella misma poder vivir en un buen barrio de la ciudad y codearse con la
“gente bien”.
Para esto último, para estar entre la “gente bien”, mantenía un bajo perfil de su actividad y
sólo se acostaba con extranjeros. Llama la atención la cantidad de personas que
se han puesto en contacto con las emisoras de radio apoyando a esta mujer por
haber salido a la luz pública a ganar más dinero contando su hazaña y su vida
en la prostitución.
Aquí viene otro aspecto curioso. Ella no es puta, ni la
persona que le consigue los clientes es proxeneta. Lo dijo el propio alcalde de
la Cartagena, Campo Elías Terán, que salió a defender a su ciudad y de paso a
sus putas llamándolas “damas de compañía”.
El caso recuerda lo que cuenta en sus memorias el genial
Groucho Marx. Cuenta el famoso cómico que en la época dorada de Hollywood había
una actriz a la que siempre quiso llevarse a la cama. Dado que la diva (la diva
hollywoodiense, no la nuestra, claro) se resistía y se hacía la estrecha,
Groucho le propuso darle un millón de dólares si accedía a su petición. “Por un
millón de dólares sí”, respondió la dama. “Bueno –dijo el cómico--, ¿qué tal si
me haces una rebaja y lo dejamos en cincuenta dólares?” “¡Pero qué te has
creído, con quién crees que estás hablando!”, replicó indignada la mujer.
“Tranquila –le dijo Groucho--, ya tenemos la puta, ahora de lo que se trata es
de fijar un precio adecuado”.
La tarifa de Dania es alta y esas cosas las suele fijar el
mercado. No es para escandalizarse pues hay putas desde que el mundo es mundo.
Lo que alarma es que haya quien vea a esta mujer como ejemplar aunque sólo sea
por el ridículo en que ha dejado a los agentes norteamericanos. Alarma también
que muchas mujeres decentes quieran seguir sus huellas, alarma el cinismo de
sus declaraciones y alarma que su caso sea sólo la punta del iceberg de un
fenómeno más extendido en la sociedad colombiana de lo que la gente cree. Es
otra de las herencias que la cultura narco deja al país. Sin tetas no hay
paraíso
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